Relato: Mi Primer Enganche – Por Juan Membrana

Juan Membrana - Capitán de Navío Aviador Naval VGM (RE)

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Sentado en la cabina del T-28P de la Segunda Escuadrilla Aeronaval de Caza y Ataque, terminaba de atarme al asiento y comenzaba el repaso de mi lista de chequeo previa al despegue, todo pasaba veloz muy veloz y ahora sin demora daba el OK para ir a la posición de lanzamiento.

El A-11 se empezaba a mover lento siguiendo el ronroneo de su potente motor, que aceleraba de a poco y cortaba para no perder la arrancada, alineada la rueda de nariz y mirando a través de la mira, mi vista estaba fija en la proa del buque que por un pequeño tubo dejaba escapar vapor, la “ballena” le decíamos y marcaba con su flujo la dirección del viento relativo.

Mi cuerpo se tensaba con los bombazos de adrenalina que aceleraban mi corazón de 21 años, mi mente se concentraba en lo que vendría, pero como en cámara lenta vi en un par de segundos, el camino recorrido hasta llegar allí, a mí destino ese día y pensé en mis viejos y lancé al aire, un “gracias, acá estoy”.

Todo había comenzado en julio del 59 cuando estaba a la mitad de mis seis años y gracias a mi Padre por primera vez estaba frente a un barco tan grande que hasta los aviones aterrizaban en su cubierta plana, me sentía fascinado con esa escena en esa tarde que se había dilatado en la neblina fría del invierno porteño y que me tenía con la vista fija en el portaaviones ARA “Independencia”, recién llegado al país.

A los once, en el patio de nuestra casa, con sillas acostadas, tablones dibujados y fuselaje de lona, tenía mi propio avión para seguir soñando al ver en televisión la serie “12 O ́clock High”, pero a los diecisiete y sólo gracias al azar había sido designado para navegar en el nuevo portaaviones el ARA “25 de Mayo”, como Cadete de primer año de la Escuela Naval Militar.

Habíamos embarcado por lancha, mientras el buque había fondeado por ese día también de septiembre, frente a la ciudad de Puerto Madryn en el Golfo Nuevo. Las aguas agitadas hicieron que el embarco fuera mediante malabares y la mano firme de un cabo de mar en la escala real de estribor, con la bolsa de ropa de la Escuela al hombro, el movimiento por pasadizos y sollados semejaba el recorrido por un aceitado hormiguero. Los días abordo fueron intensos y maravillosos y en cada momento libre, mi destino era el impresionante hangar y la posibilidad de subir a los T-28P y los S-2A Tracker allí estacionados. Algo me recordaba al sentarme en el Tracker, a ese viejo juguete armado en el patio de la casa de la calle Zavaleta.

Pero ahora estaba en mi quinto año en la Armada, ya Guardiamarina alumno de la Escuela de Aviación Naval y a punto de salir a volar desde el mar ese martes 19 de noviembre luego del almuerzo. ¿Cómo era esto posible?, si el lunes 04 de febrero de ese mismo año, al llegar a la Escuela de Aviación Naval en Punta Indio yo no sabía volar. Era parte la Promoción 49° de la ESAN.

Todo había sido vertiginoso como el recorrido de una montaña rusa, que tenía sus emociones perfectamente calculadas. El 19 de marzo había hecho mi primer vuelo con Instructor luego de 45 días de clases y teoría que me permitían conocer al detalle mi avión; el 17 de mayo había volado sólo por primera vez luego de 60 duras horas de entrenamiento y gracias al esfuerzo de mi Instructor el Teniente de Corbeta Don Miguel Mariano Iriart (gracias Mickey). El jueves 24 de octubre con 160 horas voladas en mi mochila había comenzado la Práctica en Tierra de Aterrizaje en Portaaviones (PTAP) y luego de 70 aproximaciones en tierra y el OK de nuestro Señalero el Capitán de Corbeta Don Pedro Villemur (también nuestro Subdirector) hoy martes 19 de noviembre estaba donde siempre había querido estar desde 1959.

Creditos: histarmar.com.ar

Dos días antes había volado por primera vez, desde el portaaviones, en el asiento trasero del T-28 del Teniente de Corbeta Roberto “Tito” Sylvester, para tener una divulgación del despegue libre y el enganche al regreso, en un ataque simulado al Crucero ARA “General Belgrano” con cuatro T-28P.

“Alfa 11, mire al señalero de cubierta”, fue la llamada en la radio que me volvió como un rayo al presente, el Suboficial Director de Cubierta de vuelo, agitaba sus brazos airadamente para llamar mi atención, me preguntó por la seña de pulgar arriba si estaba listo y al yo corresponderla con otro pulgar me indicó al Jefe de Lanzamiento.

Nos miramos y empezó a agitar su brazo derecho en el lenguaje convenido para poner potencia, al llegar a las 2100 revoluciones y apretando los frenos, verifiqué libertad de los controles de vuelo y los parámetros de motor, el avión vibraba con ganas de volar, con mi mano izquierda en el acelerador y la derecha en el bastón de mando, hice la seña de cabeceo hacia abajo para avisar que estaba listo. El Jefe, con la mirada del águila que busca su presa, recorrió el avión por última vez y con su brazo derecho tocó la cubierta.

Solté los frenos y con una acción decidida puse todo el acelerador adelante apretando la traba de potencia normal y pasando el recorrido hasta el tope máximo del motor, el Taco 28 saltó brusco hacia la proa y puse pie izquierdo para mantenerlo sobre la raya blanca punteada rumbo al vapor de la ballena, llegando al ascensor, recordé la expresión de Villemur, “al llegar al ascensor de proa se pone la actitud de despegue, sin mirar el velocímetro”, claro ahora por el rabillo del ojo veía porqué !! El avión no tenía velocidad de vuelo aún, pero la alcanzaba con seguridad al terminar la cubierta y se leían los 85 nudos, 158 km/h aproximadamente. Al estar en vuelo todo se serenó, reduje a la potencia a la de ascenso y en un giro suave subí hasta los 300 pies (100 metros), puse el rumbo inverso al de despegue y me fijé la distancia lateral al buque, si estaba en la posición correcta el buque debía navegar justo sobre la punta del ala izquierda, verifique todos los instrumentos normales y ya próximo a la popa le dije por radio al Oficial Señalero de Aterrizaje (Villemur) “Alfa uno uno, 180 abajo y trabado con gancho”, con el viento en cubierta de 25 nudos debía girar hacia la final justo en ese momento, con 20 grados de inclinación de alas y manteniendo un suave descenso para entrar en final con 275 pies (85 metros).

Ahora llegaba el momento de máxima concentración, había que pasar la estela del buque en el giro, ya que la cubierta de aterrizaje estaba angulada (8 grados de desvío a la izquierda con respecto al rumbo del buque) y se podía ver la pelota ámbar que materializaba la pendiente, desde el espejo a mitad de dicha cubierta.

“Uno uno, pelota y mínimo, uno punto cero”, (uno punto cero, es igual a mil libras de combustible) fue mi mensaje al Señalero y un asertivo “Recibido Pelota” daba comienzo a sus órdenes para la aproximación.

Si la pelota ámbar estaba centrada entre las luces verdes, ya había que reducir potencia y buscar 82 nudos que era la velocidad de enganche, si la pelota bajaba se colocaba potencia, si subía se reducía y así se controlaba la pendiente de descenso. En simultáneo debía buscar la alineación sobre la raya amarilla que marcaba el eje de pista. Y las tres cosas las hacía con una secuencia mental de control, Pelota luego Alineación y luego Velocidad y eso lo repetía cada 3 segundos durante la aproximación, que duraba entre 20 y 25 segundos.

“Sáque potencia, busque la alineación”, dijo el Señalero, no se acelere, vuelva a poner, quietas las alas, ahí viene bien, ahí viene bien, no trepe y al final la palabra “Corte”, para cerrar todo el acelerador y mantener la actitud sin que se cayera la nariz…… hasta tocar la cubierta.

Mil brazos y manos me sujetaron e instintivamente puse un motorazo y al sentir que me frenaba volví a reducir.

Había logrado enganchar por primera vez sólo en un portaaviones, era casi todo euforia y otra vez la torre del buque que me decía “Uno Uno mire al Señalero de Cubierta” y este que otra vez movía sus brazos con energía para decirme acá estoy siga conmigo, o quizás algún improperio a este piloto novato que no lo registraba.

Me hizo girar hacia la popa y todo volvió a empezar y pensé:

“Esto es lo más maravilloso que un hombre puede hacer en la vida”.

Creditos: histarmar.com.ar

Juan José Membrana

Capitán de Navío Aviador Naval VGM (RE)

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1 Comment
  1. Jeronimo says

    Muy buen relato, gracias por compartir.

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